En muchas ocasiones he escuchado la  frase “es el amor de mi vida” pronunciada por amigos y amigas. Para todos los casos no puedo ver otra cosa que una actitud ingenua e  inmadura hacia la vida por parte de ellos.

En el fondo quienes emiten esta frase en referencia a otro ser humano no están haciendo más que idealizarlo y, el acto de idealizar, es un triste subproducto de una autoestima muy baja. Para cada uno de estos casos las evidencias sobran y sus carencias emocionales y debilidades del ego se evidenciaban en las parafernalia de la redes sociales.

También, por supuesto, se puede encontrar un factor hormonal cuando alguien dice que se enamora. El amor genuino es algo práctico y diario que se ven en largo plazo. No es el producto de la calentura sexual y la idealización de una mente inmaduramente “romántica” y con muchas escasez que huye de la realidad idealizando porque le da miedo lidiar con ella y ser vulnerable.

Hace poco leí un artículo titulado “5 indicadores de una baja autoestima en Facebook” y puedo asegurar que vi cada uno de ellos en el perfil de cada una estas personas. Normalmente el número excesivo de “amigos virtuales” era el primer indicador, seguido por la búsqueda de validación externa mediante “me gustas” publicando comentarios frívolos, opiniones, expresión de sentimientos y, para el caso, de las mujeres, fotos exponiendo su belleza que, de acuerdo al grado de pudor, aparecían con menos o más ropa. O, a lo sumo, para ambos géneros, fotos mostrando lo interesante y felices que son sus vidas. En última instancia el juego es mostrar y vanagloriarse.  

Aunque sí, la búsqueda de validación externa mediante fotos es algo que suele atribuírsele a las mujeres y estadísticamente hablando esto se confirma. Por este motivo, se inventaron redes exclusivas para publicar fotos: Instagram , Snapshot, etc..

Y, por supuesto, el target son las mujeres jóvenes las cuales buscan desesperadamente compensar sus bajísimos niveles de autoestima con la validación externa de unos onanistas arrastrados que, a su vez, presentan los mismos síntomas de una autoestima dañada al depender su felicidad de que ellas reaccionen a su patético acercamiento virtual.

Quisiera poder decirle a muchos de mis amigas y amigos que sus serios problemas afectivos los van destruir muy lentamente en el largo plazo, sin embargo no lo hago porque la respuesta es predecible: las personas con problemas de autoestima suelen victimizarse contantemente lo que se traduce en que se pondrán a la defensiva y negarán el planteo. Incluso, llegando a ponerse agresivos. Es difícil admitir lo que les planteo ya que es un golpe al ego y, asimismo, es difícil mostrarse vulnerable sobre todo en la era de la superficialidad.

Los hombres también hacen lo mismo, en algunos casos con fotos de sus cuerpo pero para el caso de Facebook mostrando que tan entretenidas y fascinantes son sus vidas. Poniendo imágenes con frases célebres u optimistas o simplemente comentando banalidades o estados sentimentales. Todo para buscar la validación de sus “amigos” virtuales.

Tanto el amor como el concepto de la amistad jamás han sido tan bastardeados como en nuestro presente. En un artículo que he leído hace poco el autor ironiza diciendo: “Que las vidas perfectas de Facebook no te depriman”.

El problema de fondo consiste en que que las redes sociales y la virtualidad han deshecho las relaciones humanas fomentando la auto glorificación y la indiferencia. Qué ejemplo más claro y funesto que el uso generalizado de mensajes de texto a través del whastapp cuya única función es fomentar la indiferencia. Todo se vuelve una patética competencia de “quien ignora más quién”, un continuo intento por reprimirse para no parecer un necesitado.

En términos globales y en el largo plazo, cada vez nos aislamos más y, en lugar de dar y compartir, dudamos a la hora de comunicarnos por miedo a invertir demasiado y perder el marco de la comunicación. Esta actitud produce una retroalimentación que destruye la empatía e institucionaliza la indiferencia. La vuelve normal cuando se trata de la peor expresión de miseria y desprecio. Dicen que el odio es lo opuesto del amor pero no lo es. Es la indiferencia su contraparte. La ausencia absoluta de empatía.

Hace poco tuve el honor de hablar con dos personas sobre este polémico tópico. Uno de ellos, un religioso con posturas bastante sugestivas y algo peligrosas para la misma institución conservadora para la que trabaja, planteó algo muy interesante. Él dijo que el secreto se encuentra en la filosofía de poner la otra mejilla. La pregunta obvia es como hacerlo. Digo, poner la otra mejilla con el odio parece más sencillo. Al fin al cabo radica en aguantar los golpes e insultos. Ahora bien ¿Cómo se le pone la otra mejilla a la indiferencia?

Muy simple: se da sin esperar recibir nada a cambio. Esa es la definición más pura y realista del amor. En pocas palabras respondemos a la indiferencia con el amor. Pero no el amor condicional producto de una mente llena de escasez y necesidad sino de un amor incondicional. El primero es producto de una autoestima dañada, el segundo de un espíritu lleno de abundancia. Cuando escucho a esos patéticos hombres arrodillarse ante una mujer diciéndole que la aman y odiándola luego y sintiéndose victimas de ella al ser rechazados, solo siento lastima.

Eso no es amor, es necesidad y egoísmo. Ellos dan pero esperan algo cambio. Precisamente, el rechazo es un invento de una persona de baja autoestima pues si están dispuesto a dar por el hecho mismo de hacerlo y eso es lo que lo hace feliz, entonces lo que haga o diga la otra persona no debería importarle. Incluso si lo insulta o le es indiferente.

Por otro lado, en la mayoría de los casos, ese rechazo, desprecio o indiferencia por parte de la persona que recibe algo (ya sea en forma condicional o incondicional) es producto de la falta de humildad y de la ignorancia de dicho individuo.

Piénsalo así. Tu das algo y la otra persona te trata con indiferencia o rechazo ¿Qué quiere decir esto? Que esa persona no te conoce y tampoco ha buscado conocerte por lo tanto su opinión expresada a través de un acto no tiene validez.

Si una persona te dice que eres el amor de su vida o, por el contrario, que jamás estará contigo, en ambos casos sus palabras no significan nada. Esto así porque simplemente no te conoce y ni siquiera tiene la humildad para admitirlo. En un caso te está idealizando, en el otro, te está demonizando. En el fondo, no tiene ni idea de quién eres ¿Por qué debería afectarte su opinión entonces?

Es como si un extraño se acercara a ti por la calle y te dijera que eres el peor ser de la tierra ¿Tiene validez su opinión? ¿Y entonces porque te dejas afectar por ella? Si lo haces es tu problema y no el de él. Tu eres el que tiene un problema de autoestima y se está victimizando. Tu no controlas lo que hace el otro pero si controlas si lo que hace el otro te afecta o no. O por lo menos puede elegir si quieres que te afecte o no.

Una persona que idealiza o demoniza y que es incapaz de ver al otro como es y que encima no tiene la voluntad para conocerlo es, en general, un individuo con una autoestima lastimada ¿Quieres hablar del amor real en una pareja? ¿De ese amor de la vida del que me hablas? Pregúntale a los miembros de una pareja que llevan décadas juntos y siguen siendo felices y han sobrevivido conflictos, aburrimiento y tragedias a través del trabajo y el esfuerzo del día a día por parte de ambos. El amor de la vida, en todo caso, se ve en retrospectiva mirando para atrás. Y, en todo caso, yo no lo llamaría el amor de la vida. De hecho ninguna pareja que ha estado tanto tiempo lo llama así. Sería bastardear la relación ¿Sabes cómo lo llaman? Amistad.

Y no es la amistad que tanto se bastardean hoy los seres de baja autoestima rodeándose de personas (ya sea real o virtualmente), para sentirse queridas y buscar compensar mediante validación externa de otros individuos de baja autoestima sus frágiles egos.

La amistad también es dar sin esperar nada a cambio y requiere la existencia de autoestimas sanas y una mentalidad de abundancia. De lo contrario, la validación externa lo tergiversa todo. Pregúntaselo a tu amigo o amiga que tiene millones de amigos virtuales y organiza eventos para mostrarse así mismo cuantos amigos tiene y para sentirse querido/a. Necesita de algo externo para compensar que no se quiere asimismo. Ese es su gran problema. El día en que esas personas lo abandonen o el día que esté muy vieja y no tenga el atractivo físico para atraer a esos “amigos” arrastrados que le tienen ganas (aunque ella lo niegue pero en el fondo lo sepa) y que están ahí para subir su ego…ese día va a estar muy complicado para él o ella. Para poder querer genuinamente primero debemos aprender a querernos a nosotros mismos para así líbranos de la adicción a la validación externa.

La amistad es estar ahí. En ese sentido, el amor genuino y la amistad genuina son los mismo. Hace un tiempo atrás presencié el discurso de una viuda que al referirse en lágrimas a su fallecido esposo dijo desconsolada: “He perdido a mi mejor amigo”. Exactamente, no dijo que perdió al amor de su vida, bien sabía ella que eso no existía. Perdió a su mejor amigo. Más claro imposible.

Amar al prójimo es clave para ser feliz y para amar realmente se necesita humildad para admitir que no conocemos al otro y que solo los años y el día a día, nos ayudará a conocerlo. También necesitamos de esa humildad para reconocer cuando tenemos problemas emocionales que nos impiden amar.

Uno de ellos es el miedo y el otro es la idealización. Ambos están relacionados pero para darnos cuenta de este problema debemos ser humildes y admitir la posibilidad de que algo mal esté con nosotros en vez de salir a la defensiva y victimizarnos. En vez crear una imagen mental (ya sea positiva o negativa) de una persona determinada sin siquiera conocerlo.

Por último, debemos tener la humildad de abrir el corazón y abrazar a esa persona superando el miedo a ser vulnerables. Las religiones católica, judía y musulmana dicen: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En esa frase se resume todas las enseñanzas de cada uno de sus fundadores.

La diferencia entre cada una de esas religiones son sencillamente detalles. El mensaje es el mismo. Tan simple y sin embargo la mayoría de los que las profesan parecen olvidarse de ello. O se hacen los tontos a la hora implementarlo. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. Hay demasiada hipocresía en nuestro mundo.

Es más fácil seguir al pie de la letra los rituales superficiales escritos en la Biblia, la Tora o el Corán que seguir la enseñanza principal.

“No comas carne los viernes, ve a la iglesia los domingos, no comas cerdo, ora tantas veces al día”. ¿Y qué hay con ama a tu prójimo como a ti mismo? ¿No era esa la idea principal?

El resto son detalles y encima escritos por hombres no por Dios porque Dios es amor, amante y amado ¿Por qué es tan difícil de entender para todas las sectas religiosas del mundo algo tan simple? Una vez escuché que si cualquiera de los fundadores de las principales religiones viajará en el tiempo a nuestros días señalaría que hemos hecho todo mal y que no hemos entendido nada. Lo que ocurriría luego sería que las instituciones eclesiásticas matarían a sus propios profetas ya que sus enseñanzas reales y pragmáticas contradecirían a los líderes religiosos.

Pero volviendo a la cuestión principal ¿Cómo le hacemos frente a la indiferencia? Con amor. Recuerdo que un buen amigo (uno de esos que realmente está ahí aunque a veces sea medio colgado) me dijo que en una época era vendedor ambulante en los buses y que la indiferencia de la gente era la reacción normal ante su presencia.

Él me decía: “me hubiera deprimido mucho si todos los días hubiese esperado algo a cambio de mi sonrisa y los chistes que contaba para alegrarle el día a la gente. Simplemente iba a alegrarle la vida a las personas y eso era lo que me ponía contento. Con el tiempo he descubierto que si uno mantiene esa postura, a la larga es muy difícil para los otros mantener la indiferencia. Los lastima hacerlo”.

Y algo de verdad hay en esto puesto que somos seres empáticos programados para interactuar con el otro. Al fin y al cabo, dicen que la mejor forma de ser feliz es hacer feliz alguien.