Los pequeños hábitos sociales influyen en la forma en la que nos perciben los demás pero también, en el largo plazo, determina qué tipo de personas somos. En la era de las redes sociales el potencial destructivo de chisme y las injurias ha crecido exponencialmente ¿Pero a quien daña en verdad? ¿A la víctima o al victimario?

En el escrito anterior destaqué la importancia de los sutiles detalles en las dinámicas sociales. Como los pequeños gestos y simples hábitos pueden mejorar nuestra relación con los demás e incluso ayudarnos a crear una sólida red de vínculos. Por supuesto, me vi obligado a citar a los maestros: Dale Carnegie, Napoleón Hill, Og Mandino y otros, ya que ellos han sabido captar la trascendencia de lo simple. Aun así,  la importancia de estos consejos no se limita su a la lectura superficial sino que precisa la internalización de los mismos: crear hábitos saludables.

¿Y cómo se crea un hábito? Tomemos el sabio consejo de Og Mandino que nos propone en su libro “El vendedor más grande del mundo”, publicado en 1976. Una de las recomendaciones que el autor señala, precisamente, es la de leer cada capítulo (que no tiene más de cuatro páginas) tres veces al día durante treinta día antes de pasar al siguiente ¿Por qué recomienda esto? Para asegurarse que el lector internalice la creencia implícita en dicho apartado. Lo que llama la atención de este escrito, es que, en lugar de desarrollar técnicas de ventas específicas, se concentra, precisamente, en el desarrollo personal del vendedor y, por ello, recurre a sabios y antiguos consejos cuya eficiencia ha sido demostrada una y otra vez a lo largo de la historia.

En esta ocasión, quisiera utilizar unos de los capítulos del célebre libro para referirme al hábito de chisme y las injurias. Si me preguntan, emitir injurias son un pésimo hábito social y emocional. A nivel social, hablar mal de los demás nos hace ver como seres miserables y envidiosos. Aclaro que aquí no estamos hablando de un proceso judicial para probar un crimen sino del puro y maligno chisme o calumnia sin fundamento, cuyo único objetivo es dañar al otro y alimentar nuestro ego. No por nada, en este libro el autor dedica un capítulo a hacer hincapié en abandonar este inútil hábito e incorporar la sana costumbre de hablar bien de los demás.

Piénselo por un rato ¿Qué opinión le merecería a usted una persona que se la pasa hablando mal de los demás? Para empezar, el primer pensamiento que cruzaría mi mente seria “si lo hace con los demás, muy probablemente lo hará conmigo”. Digo, es lógico pensar que alguien que calumnie a todo el mundo también lo haga con uno.

Por otro lado, a nivel emocional, injuriar a otros nos llena de rencor y odio, al mismo tiempo que retroalimenta nuestra negatividad. Hemos escuchado que tenemos que ver “el lado positivo de las cosas”, aunque raras veces nos explican cómo hacerlo. Bien, la forma más fácil es a través de los diminutos hábitos diarios, como lo es la forma en la que hablamos de los demás. Siempre se puede encontrar algo positivo en la mayoría de las personas. Una cualidad que se destaque por sobre otras, ya sea alguna habilidad o, simplemente, alguna característica de su personalidad. Citando a Og Mandino:

“¿Y cómo hablaré? Elogiaré a mis enemigos y se convertirán en amigos míos. Animaré a mis amigos y se volverán mis hermanos. Ahondaré siempre en busca de razones para elogiar; nunca me allanaré a buscar excusas para el chisme. Cuando sienta la tentación de criticar, me morderé la lengua; cuando me sienta inspirado a elogiar, lo proclamaré a los cuatro vientos.”

Buscar lo bueno de los demás es un ejercicio que nos ayuda a crear el hábito de ver el lado brillante del mundo y, cómo las palabras crean realidades, nuestro mundo será así más resplandeciente. El truco no es caer en la adulación o la demagogia sino en utilizar la precisa observación de las virtudes del otro. Si nos concentramos en ver lo negativo solo aparecerán vicios, si, en cambio, buscamos lo positivo, surgirán virtudes. La clave es la aguda observación y la búsqueda de lo que admiramos de los otros. Siempre hay algo nuevo qué podemos aprender de cualquier persona. Así es como avanzamos en el camino del aprendizaje, preguntándonos constantemente: ¿Que virtud tiene el otro que yo pueda incorporar a mi repertorio de habilidades? ¿Qué puedo aprender de él? La humildad y la aceptación de la ignorancia son instrumentos de suma jerarquía para este propósito.

Una vez más citando el célebre capítulo:

“Amaré al que tiene ambiciones porque podrá inspirarme, amaré a los que han fracasado porque pueden enseñarme.”

A la larga, a medida que el hábito se vaya internalizando nuestra mentalidad comenzará a cambiar. Entonces, nuestras acciones afectarán al mundo que nos rodea y cambiarán nuestras creencias sobre éste. La acción genera ser. La cuestión es: ¿Quién queremos ser?

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