Dime tus creencias y te diré como es el mundo en el que vives. Los juicios y pensamientos que producimos en forma frenética para sobrevivir en un mundo de incertidumbre y, sobre todo, la forma en la que nos hablamos, pueden llevarte tanto al éxito o al fracaso. Todo depende de ti.

De niños todo es más flexible: nuestras ideas sobre el mundo, la creencia que tenemos. Cuestionamos todo con eufórica perspicacia. En cambio, a partir de cierta edad pareciera que perdemos la capacidad de cuestionar nuestros dogmas, de desafiar los juicios y concepciones que tenemos sobre el mundo (muchas de ellas impuestas desde afuera)¿Que acaso las personas más influyentes de las historia no fueron quienes decidieron cuestionar las concepciones hasta ese momento vigentes? ¿Entonces de qué hablamos? ¿La realidad es “así” o simplemente es una de la tantas interpretaciones que será sujeta a revisión y podrá ser transformada? El tema, es que asumir que somos creadores de nuestra propia realidad nos libera pero al mismo tiempo nos hace responsables de lo que nos pasa. Al parecer, es mucho más fácil poner las excusas afuera y mirar la realidad como algo inmutable, determinado exógenamente afuera de nuestro ser. Veamos un ejemplo para ilustrar este punto:

Hace no mucho, tuve una conversación con una mujer de 28 años con la que tuve el placer de participar en un seminario de introspección, en el cual me tocó trabajar con ella. La mecánica de trabajo fue muy intensa y realmente creo que se generó una conexión entre nosotros. Al finalizar el taller nos volvimos caminando y allí nos pusimos a conversar de un tema que había surgido en el seminario. Básicamente, el tema de plática eran sus creencias sobre los hombres, las cuales no diferían de los típicos y estereotipados dogmas limitantes que suelen tener las mujeres sobre los caballeros. Ella se quejaba de que los hombres eran todos iguales (creencia limitante número uno), que no querían un compromiso (creencia limitante número dos) y, finalmente, que solo quieren sexo (creencia limitante número tres).

Ante este conjunto de creencia limitantes y quejas, dos reflexiones vinieron a mi mente. La primera epifanía, fue que me di cuenta lo poco atractivo que hace a una mujer el hecho de que tenga semejantes prejuicios sobre “los hombres” y que afirme, como si fuese un hecho científico, que las cosas son “así”. Las cosas no son “así”, es así como ella veía la realidad y, por supuesto, su ingenuo subconsciente no hacía más que buscar ejemplos que convalidaran dichas creencias. De esta forma, la profecía se auto cumple. Era claro (y de hecho se lo comenté) que los hombres no son todos iguales (al igual que las mujeres). Lo que sucedía es que son “todos iguales” los hombres con los que ella salía. Pese a cierta vacilación por su parte, ella seguía insistiendo que aquellas afirmaciones eran verdades absolutas, lo que producía en mí un profundo desencanto y una pérdida de atracción hacia ella.

Debo reconocer, que antes de saber que era poseedora de semejantes prejuicios la había considerado una mujer muy atractiva. Desgraciadamente, esto ya no era así. Tampoco tenía ganas de salir con ella ya que sentía que estaba viendo la punta iceberg. Supuse que a muchos hombres le pasaría los mismo con ella por lo que su forma de ser (producto de sus creencias) terminaba alejando a los hombres “distintos” y atrayendo a los “iguales”. Las palabras crean realidades.

La segunda epifanía que tuve fue que, si quiero aumentar el grado de atracción que las mujeres que sienten hacia mí y/o quiero construir una relación con una, era necesario trabajar mis juicios ya que, lo último que quisiera es que estos me jueguen en contra. Para las mujeres también es poco atractivo un hombre prejuicioso y quejoso. Es claro aquí que este principio se aplica para ambos sexos. Nada es más insoportable y deprimente que una mentalidad de escasez. Irónicamente, muchas veces, suelo emitir el siguiente juicio:

“Es mejor salir con mujeres menores a los 25 años ya que éstas aún no han aprendido a odiar a los hombres. En cambio las que se encuentran por sobre esa edad se han vuelto cínicas debido a sus experiencias de relaciones fallidas.”

Claramente este es un juicio que me ha hecho conocer solamente a mujeres mayores de esa edad que responden a dicha descripción (la mujer de la historia, irónicamente, era una de esas damas) auto cumpliéndose la amarga profecía. Claro que, como este es un juicio personal que estaba construyendo dicha realidad, al percatarme de ello, tuve la oportunidad de hacerme las preguntas clave: ¿Me sirve este juicio? ¿Para qué lo hago? ¿Qué puertas me abre y cuales me cierra?

Sobre los juicios

Los juicios de por sí no son ni buenos ni malos, son simplemente declaraciones que realizamos para tener una brújula que nos permita enfrentar la incertidumbre del mundo que nos rodea. El futuro representa la incertidumbre, por lo que tomamos del pasado información para poder usarla como una guía. Como lo escribe exquisitamente Rafael Echeverría:

“Debido a  que el futuro puede ser diferente del pasado, debemos ser lo suficientemente abiertos como para tratar nuestros juicios como señales temporales que someteremos a revisiones constantes (y así) evitar convertirnos en prisioneros de nuestros juicios o del pasado que esos juicios traen consigo. Debemos aceptar que se pueden producir nuevas situaciones.”

El problema aparece cuando nos olvidamos que son precisamente eso, percepciones relativas hechas en momentos determinados, y comenzamos a tomarlos como verdades absolutas. Un juicio debe estar siendo desafiado y cuestionado constantemente para determinar si nos está sirviendo o simplemente nos está creando un mundo lleno de limitaciones. Por supuesto, este trabajo de constante introspección acarrea un esfuerzo. La cuestión es: ¿Queremos ser creadores de nuestra realidad, amos de nuestro destino y capitanes de nuestra alma o preferimos rendirnos ante la pereza y simplemente quejarnos de lo que consideramos inmutable? Cada uno deberá elegir su camino.