Hay una frase que uso mucho en sesión, tan simple que a veces se subestima, y que resume uno de los errores más comunes en las relaciones de pareja: intentar cambiar al otro, o cambiarte vos mismo, en vez de aceptar la diferencia tal cual es.
Te la explico con un ejemplo tonto a propósito, para que se entienda clarísimo.
A mí me gusta el café, a vos te gusta el mate
Imaginate esta situación. A mí me gusta el café. A vos te gusta el mate. Y decidimos que hay que «trabajar» esto: yo tengo que convencerte de que tomes café, o vos tenés que convencerme de dejar el café y tomar mate.
Suena ridículo planteado así, ¿no? Porque no hay nada que arreglar ahí. Simplemente a cada uno le gusta una cosa distinta. Lo único que hay que trabajar en esa situación es la aceptación: yo acepto que a vos te guste el mate, vos aceptás que a mí me guste el café, y los dos tomamos lo que queremos tomar sin que eso sea un problema.
El error que veo constantemente en las parejas que vienen a coaching es que tratan gustos, formas de ser, o rasgos de personalidad, como si fueran problemas a resolver. Y ahí es donde empieza el desgaste.
Qué pasa cuando intentás cambiar para complacer al otro
Digamos que, en vez de aceptar la diferencia, yo cedo. Empiezo a tomar café solo para complacerte a vos, aunque en el fondo me siga gustando el mate. Puedo sostener eso un tiempo. Pero por dentro, la preferencia real no desaparece.
Y ahí está el problema grave, el que realmente rompe una relación: cuando ya empezás a cambiar quién sos para que el otro te acepte, dejás de poder ser vos mismo con la persona que se supone que te tiene que querer justamente por ser quien sos. Y eso es el principio de la destrucción de la pareja.
Porque si no podés ser vos con tu pareja, ¿con quién vas a poder serlo? Ese espacio en donde reprimís partes tuyas para no generar conflicto se llena de resentimiento con el tiempo, aunque al principio parezca que «no pasa nada».
Por qué esto termina cobrando factura
Lo que se reprime no desaparece, se acumula. Un hombre que constantemente se achica, que cambia sus gustos, sus opiniones, o su forma de ser para no generar fricción, tarde o temprano llega a un punto de saturación. Y ese punto se manifiesta de formas distintas: distancia emocional, conflictos que aparecen de la nada, o en los casos más extremos, una infidelidad, que muchas veces no tiene que ver con la otra persona, sino con la necesidad de sentirse uno mismo en algún lado.
No estoy diciendo que en una pareja no haya que ceder nunca en nada. Ceder en decisiones prácticas es parte de convivir. El problema es ceder en quién sos. Eso no es lo mismo que ponerse de acuerdo en qué película ver el sábado.
La alternativa real
La alternativa no es «no cambiar nunca nada» ni tampoco «imponer siempre lo tuyo». Es aceptar que tu pareja y vos son dos personas distintas, con gustos y formas de ser distintas, y que gran parte de esas diferencias no necesitan solución. Necesitan aceptación.
En conclusión, el café y el mate pueden convivir perfectamente en la misma mesa. El problema empieza cuando uno de los dos deja de tomar lo que le gusta para complacer al otro. Esa no es una relación sana, es una renuncia silenciosa que tarde o temprano se paga.
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